¿Conoce usted al judío de Huitzilac? Si sabe algo de él le ruego que me lo notifique, podría ser una persona muy interesante, sería fascinante conocerla, quizá hasta entrevistarla para el blog de “Otras voces”. Pero ni siquiera sé si es hombre o mujer. ¿Cómo se llamará? ¿Qué edad tendrá? ¿Realmente practicará el judaísmo? ¿A solas?
Las preguntas anteriores me surgieron después de leer en el artículo de Wikipedia en español sobre el municipio morelense de Huitzilac este párrafo sobre la religión local, que no aporta la fuente de sus datos:
Predomina la religión católica, con 11,209 habitantes mayores de 5 años creyentes, pero existe asimismo otro tipo de creencias como la evangélica con 744 personas, la judaica con una persona y otras con 702 personas del mismo rango de edades.
Este no es sino un ejemplo, entre millones, del abismo de calidad que se abre entre la Wikipedia en inglés, uno de los proyectos más admirables y agradecibles de internet, que consulto cotidianamente desde hace años, y la Wikipedia en español, insufrible bodrio que consulto lo menos posible porque casi nunca posee información confiable ni bien escrita, y por ello he decidido llamarla Wikigedia.
No exagero al afirmar que si la Wikipedia un día colapsara y se borrara toda de golpe perderíamos una maravillosa fuente de información, cada vez más amplia y enriquecida; en cambio, si a la Wikigedia le ocurriera lo mismo, no solamente no se perdería nada, sino que saldríamos algo beneficiados: aliviaría la vergüenza ajena.
¿A qué se debe ese abismo de calidad entre una y otra? Si el mundo hispanohablante no puede estar a la altura del anglosajón en un proyecto enciclopédico web como la Wikipedia, ¿por qué no lo acepta con humildad y desiste? Acaso se trate, como en el caso del judío de Huitzilac, de un enigma sin solución.
– Emmanuel Noyola

El contrato de no agresión suscrito entre el PAN y el PRI para el Estado de México en el 2011 ha sido leído de mil maneras. Que si el pacto pone en evidencia la ingenuidad de César Nava. Que si el PRI es un monstruo maquiavélico que aprovechó la inocencia del panista para hacerse de un as bajo la manga. Que si esto demuestra cómo la política mexicana es capaz de confundir moralmente hasta a un hombre de la inteligencia de Fernando Gómez Mont, testigo de lujo de un pacto indigno de la democracia mexicana (aunque él insista en que este tipo de pactos son el pan nuestro de cada día en el ejercicio de su profesión). También hay quien opina que esto da la razón a López Obrador: el PRI y el PAN tienen un acuerdo tácito para compartir el poder en México. Después de todo, dicen los que defienden esta hipótesis, el convenio firmado en Bucareli no es otra cosa más que el más evidente acto de protección a la candidatura del gobernador del Estado de México: un PRI mexiquense a salvo y en el poder en Toluca equivale a medio triunfo de Peña en el 2012. También hay quien dice que el compromiso, con sus cláusulas redactadas como un ejercicio de una clase de derecho en secundaria, es el colmo de la degradación panista: el partido de Gómez Morín se ha mimetizado con sus viejos adversarios. Los métodos del PAN son los del viejo PRI, pero sin la sofisticación y malicia. Por último, dicen varios colegas, el pacto agudizará el abismo entre la ciudadanía y el poder político. Cuando los presidentes de los partidos más importantes del país mienten para luego ser descubiertos de manera flagrante, la fe del votante promedio, ya de por sí desencantado, va camino del basurero. México, en suma, parece dirigirse, cortesía de su clase política, a una crisis del calibre de Watergate: la impresión de que todos, sin distingo de ideologías y partidos, viven en el fango de la mentira y la erosión moral.
Todas esas teorías tienen, me temo, algo de cierto. Lo primero que sorprende del contrato entre Nava y Paredes es cuánto puso en la mesa el PAN y qué poco ofreció el PRI. Por decir lo menos, el convenio se antoja desigual, al menos si se le toma al pie de la letra. Creo que Nava dice la verdad cuando sugiere que el pacto tenía como fin ulterior librar al PRI de una alianza incómoda en el Estado de México y la aprobación del paquete fiscal propuesto por el Ejecutivo. El problema, claro, es que sólo una de las dos variables está ahí, en negro sobre blanco. Astuto, el PRI se abstuvo de exponer su lado del convenio en un papel que, como todos los papeles, tarde o temprano saldría a la luz. Por eso Nava no ha tenido de otra más que retar al PRI a revelar su lado del contrato. El tricolor no lo hará. No tiene, en el fondo, nada que ganar. El PAN, entonces, quedará, de nuevo, como un partido en el poder de ya casi legendaria debilidad. Nava apostará el todo por el todo en julio y, de ahí, tratará de construir una candidatura presidencial panista (no suya, evidentemente) que intente derribar al intocable, invencible gobernador mexiquense. En suma, todos pierden, menos
el PRI.
Y México, claro. Pero eso, sabemos, le importa poco a los grandes actores de la política nacional. Particularmente patética fue la reacción de hombres de notable talla política tras la revelación de la existencia del contrato. Beltrones no sabía nada (¡Beltrones!). El Presidente tampoco. Los diputados panistas y los senadores priistas mucho menos. El secretario de Gobernación sabía pero guardó silencio por instrucciones del presidente de su partido, escondiéndole información crucial al Presidente de su país (Gómez Mont respetando más a un mozalbete de 36 años que a Felipe Calderón. Asombroso). En el fondo, todas estas mentiras absurdas no hacen más que evidenciar dos cosas lamentables: México vive en los tiempos del cinismo y la política mexicana sólo sirve para alcanzar acuerdos por y para el poder, no para el gobierno y el bien común. Poner en la mesa de negociación la estrategia electoral para conseguir la aprobación de reformas fundamentales para el país podrá sonarle normal al secretario de Gobernación, pero la dinámica implica, me temo, una perversión grave. En una democracia sana, el progreso del país no es negociable, ni como fin ni como variable en una oferta. Uno está en el poder para gobernar, no para perseguir el poder mismo. El acuerdo entre PRI y PAN es la gota que derrama el vaso.
- León Krauze

Que se reacomoda cada tanto la Tierra, eso ya lo sabemos. Que sepamos reacomodarnos con ella, eso está por verse.
El de Chile fue un temblor de 8.8 grados: ¿qué significa un número así para medir cada segundo de incertidumbre, de desesperación, de terror, de intranquilidad futura? Aunque el del 85 no lo sentí (ese día estaba en Tabasco), los otros sismos que me han tocado no tienen comparación con éste que me despertó hacia las tres y media de la madrugada: como comparar un tiovivo con una montaña rusa.
Me encontraba en Santiago para participar en el primer Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, previo al Congreso de la Lengua que se llevaría a cabo en Valparaíso. Unas 400 personas participaban en él, entre promotores de la lectura, académicos, editores, bibliotecarios, escritores, ilustradores e interesados en el tema. Tres días de actividades mañana y tarde. El viernes por la noche lo habíamos cerrado tres autores: Liliana Bodoc, Jorge Eslava y yo, entrevistados por la periodista Vivian Lavín, en el Museo Histórico Nacional. El ánimo era festivo. Luna llena.
A pesar de despertar el sábado de un sueño profundo gracias a una brusca sacudida, desde el principio supe de qué se trataba: nadie me mecía ni estaba en una hamaca: la tierra se estremecía. La primera duda: ¿hace cuánto empezó esto? La segunda: ¿cuánto falta para que termine? Pasaban los segundos lentamente y el bamboleo no paraba. ¿El marco de una puerta? ¿Debajo de una mesa? Agua, hay que tener agua para sobrevivir.
Traté de ponerme en pie. Como no lograba mantener la vertical, lo hice a través de los bordes de la cama. Busqué mis anteojos: como si ellos pudieran desmentir la realidad. Al vaivén le siguieron los ruidos: algo caía con estruendo en el piso de arriba, en el baño, en el cuarto. Un grito de quién. Ya había pasado más de un minuto y la sacudida no paraba. De algo estaba seguro: el edificio no podría soportar unos segundos más antes de venirse abajo. ¿Qué estructura sería capaz de aguantar tan prolongado castigo?
Al fin todo se detuvo. Por unos instantes se fue la energía eléctrica. Alcancé a ver el cuarto gracias a la luz de la luna: una botella de vino se había estrellado contra el piso, al igual que un vaso; la maleta y los libros que tenía sobre el escritorio estaban en el suelo. Unos instantes de silencio. Abrí la puerta y vi a varios de mis colegas y compañeros de congreso, entre una nube de polvo, correr hacia las escaleras. Dos rostros transfigurados por el pánico.
Fuera del hotel, todos o casi todos los huéspedes nos veíamos más con cara de asombro que de desvelo. Unos vestidos (hubo quien tomó un baño y se pintó la cara para no salir en fachas a la calle), otros en piyama, muchos descalzos, uno en calzoncillos. Al principio, sólo silencio: con vernos a los ojos sabíamos lo que pasaba por las cabezas. Luego empezaron a fluir, titubeantes, las palabras. Todos necesitábamos oír a los demás y a la vez contar nuestra propia historia del temblor. No menos consternados estaban los invitados a una boda que se celebraba en el propio hotel. Con vestidos propios de la ocasión y sombreritos festivos, entraban y salían sin saber si era el fin de la fiesta o parte de ella. En esos primeros momentos era posible hacer llamadas a través de los celulares. Algunos despertaron a sus familias, que entonces no sabían nada acerca de un sismo en Chile.
Aunque la estructura del hotel había resistido, así como los edificios que podíamos ver desde la calle, la visión de algunos era apocalíptica: de seguro medio Santiago se encontraba en ruinas y los muertos se contarían en miles. Sin embargo había señales que contradecían ese escenario: había luz (a pesar de que eventualmente se quedaban zonas a oscuras) y no era tan frecuente escuchar las sirenas de las ambulancias, los bomberos y la policía. Pasaba gente. Mucha venía del “carrete” –expresión local que significa reventón, noche de juerga. Transcurrieron al menos un par de horas antes de que alguien se animara a regresar a su cuarto (por los zapatos, el suéter, el celular). Yo lo hice para dormir un rato más, seguro de que ya todo había pasado. Por si las dudas dejé listo lo que necesitaba para huir: zapatos, saco con pasaporte y laptop. A la hora me despertó una réplica, breve pero intensa. De regreso a la calle.
La vida no estaba detenida y el sol había salido. El personal del hotel se había reorganizado y el restaurante ofrecía desayunos. Los sillones del lobby estaban ocupados por aquellos que no se animaban a subir a sus cuartos (algunos durmieron allí al menos dos noches). Empezó a fluir la información. El terremoto había castigado más a Concepción, Maule y Bío Bío que a la capital. La presidenta Michelle Bachelet hablaba de cinco muertos y confirmaba las dimensiones del sismo: 8.8 en la escala de Richter.
Las calles estaban semidesiertas y no había ningún comercio abierto. Salí a caminar. Había escombro y vidrios rotos por todas partes, pero nada en apariencia que hablara de que un movimiento telúrico de tal magnitud hubiera sacudido esa ciudad. Después, con los relatos de algunos chilenos conocidos, supe que los efectos del temblor se notaban más hacia el interior de los edificios y las casas: vajillas rotas, libreros caídos, fugas de gas, falta de energía eléctrica, cuarteaduras en las paredes. El mayor destrozo lo vi en la Academia de Bellas Artes, que acoge al Museo de Arte Contemporáneo y sede, el día anterior, del CILELIJ: se cayó parte de la fachada.
Un colega español, no acostumbrado como los mexicanos o los chilenos a que se le mueva el tapete en un noveno piso, se trasladó a mi cuarto, en el quinto: yo tenía tres camas y dos estaban desocupadas. Al día siguiente conseguí en la administración que le dieran una habitación en el cuarto piso. Me dijo “¿Para qué? Me voy mañana.” Supongo que es distinto morir en compañía que solo o que dos cabezas reaccionan más rápido que una sola.
Otra noticia que nos pegó en el ánimo a quienes participábamos en el Congreso fue que el aeropuerto estaba cerrado y reanudaría operaciones 72 horas después. Aunque las pistas no estaban dañadas, el edificio de la terminal quedó inhabilitado, lo que significaba que todas las operaciones de registro, aduana, migración y policía no podían llevarse a cabo. Más tarde llegó otro comunicado por parte de las autoridades aeroportuarias: la reparación tardaría mucho más: al menos una semana.
Nos citamos con el embajador de México. Nos dijo que había hecho las gestiones necesarias para que un avión saliera con el fin de repatriarnos. Esa misma noche estaríamos volando. Estaba habilitado el aeropuerto militar y había otras opciones para lograr aterrizajes. Una buena señal para quienes más necesitaban estar de vuelta. Ya otros compañeros y colegas habían partido con la ayuda de sus respectivos países: Colombia, Brasil y Perú enviaron aviones para trasladar a sus ciudadanos. Los argentinos lo hicieron por tierra hasta Mendoza y de allí volaron a Buenos Aires. A los españoles los ayudó su embajada.
El avión nunca despegó de México. Lo que sí salió en los periódicos fue la noticia de que el gobierno había respondido a tiempo y nos llevaría de vuelta a casa. Por más que hemos tratado de desmentirlo, la noticia penetró y ahora, al parecer, sólo nos falta dar las gracias por recibir falsas promesas. En ningún momento quisimos un trato distinto al que suele darse en estas circunstancias. Partimos al fin en un vuelo comercial de Aeroméxico (que por cierto tenía muchos lugares vacíos), gracias a que la editorial SM, organizadora del Congreso, algunos amigos chilenos y la embajada lograron que LAN Chile endosara los boletos. Los demás fueron comprados por la editorial, que en ningún momento negó su ayuda. Siguen llegando mexicanos y otros continúan esperando a que la suerte los ayude.
– Francisco Hinojosa

En la parte final del ensayo "La crisis de México" (1946), Daniel Cosío Villegas aseguraba que al cabo de seis años las diferencias del gobierno priista con los partidos conservadores podrían ser tan insustanciales que "estos podrían acceder al poder no ya como opositores del gobierno sino como hijos legítimos". El amigo al que me he referido en mis dos anteriores entregas me cuestiona: "¿Ocurrió así?".
No ocurrió así. El hecho histórico -le contesto- es que el PAN tardaría otros cincuenta años en llegar al poder. A la salida de Gómez Morin, en 1949, y al menos por una década, el PAN se hizo cada vez más conservador, lo cual le restó mucha fuerza. En cambio, el PRI se renovó y fortaleció: en 1952, a sólo seis años de aquella profecía, Adolfo Ruiz Cortines dio inicio a un ciclo de 18 años de una relativa prosperidad para el país, que el propio Cosío Villegas reconoció. Sólo la brutal reacción oficial en 1968 lo haría cambiar de postura.
Mi amigo insiste: ¿acertó Cosío Villegas cuando vaticinó que "el PAN se desplomaría al hacerse gobierno"? Y el PAN actual, "¿no se ha desplomado ya?".
A mediados de los sesenta -le respondo- el propio Gómez Morin temía ese hipotético desplome. Por eso confesaba que el PAN no estaba preparado para convertirse en gobierno y que si, por un accidente o por un error del gobierno, se abría la oportunidad, "tendría que convocar a un gobierno de unidad nacional". Creo que ese razonamiento del fundador del PAN seguía siendo válido en el año 2000 cuando, tras sesenta años de "bregar eternidades" y sin experiencia de gobierno, el PAN ganó las elecciones presidenciales. Y era aún más válido en 2006. No se ensayó y fue una lástima. Tras nueve años en el Poder Ejecutivo, el PAN aún no se ha "desplomado" pero su situación es sumamente precaria, como se vio en las elecciones intermedias. Las razones del desencanto ciudadano son varias: en el tramo de Fox, frivolidad e irresponsabilidad; en el de Calderón, improvisación e inconsistencia. Pero acaso lo más grave para el PAN es haber perdido buena parte del capital moral que construyó durante décadas, esa percepción de decencia que inspiraba en mucha gente. En el 2000 dejó ir la oportunidad de denunciar frontalmente la corrupción de regímenes anteriores, y esa pasividad se interpretó -con plena razón- como complicidad con el viejo PRI. Los casos de corrupción en el Estado de México, Nuevo León, Jalisco, etc... también han dañado su credibilidad. No actuar contra esos infractores ha sido suicida. En el futuro muy próximo, la vieja profecía de Cosío Villegas puede volverse realidad: el PAN, en efecto, puede "desplomarse".
"Para Cosío en 1946 -comenta mi amigo, que no ceja-, el PAN contaba con dos fuentes únicas de sustentación: la Iglesia y el desprestigio de los regímenes revolucionarios; no tenía principios ni hombres y poco o nada había dicho para reorganizar las instituciones del país. ¿Tenía razón? ¿Hoy es vigente ese diagnóstico?".
Entre el PAN de entonces y el PAN de hoy -le explico- existen diferencias y semejanzas. Vayamos punto por punto. La sustentación del PAN, menguante pero todavía sustancial, no reside sólo en su filiación clerical o su prestigio opositor. La Iglesia no está ligada al PAN de manera exclusiva. (Por momentos parece más ligada a un sector del PRI, que ha decidido dar la espalda a su tradición laicista). En cuanto a las tendencias ultramontanas dentro del PAN, en ese partido siempre existió una corriente más abierta como la que en los años sesenta representó Christlieb Ibarrola. Para mí, aun esa corriente era y sigue siendo insuficientemente liberal. Hoy ambas corrientes subsisten, pero la ultraconservadora -presente en varios estados y municipios- daña mucho a ese partido.
En los años cuarenta, el PAN sí tuvo líderes y principios. Si uno revisa las sesiones de la Cámara de Diputados en esos años, se encuentra con iniciativas democráticas (como la creación de un IFE) que México no retomaría sino hasta los años noventa. Pero junto a esos líderes cívicos y a esos principios democráticos coexistió siempre la vertiente que en la Segunda Guerra Mundial simpatizó con el Eje. Esa vertiente sigue siendo enemiga jurada del pensamiento liberal en todos sus ámbitos.
Mi amigo lanza su último cuatro de espadas: "Con las derechas en el poder -según decía Cosío Villegas- la mano velluda y maciza de la Iglesia se exhibiría desnuda", persiguiendo a los liberales, junto con la "prensa intolerante, incomprensiva, servidora ciega y devota de los intereses más transitorios y mezquinos. ¿No es lo que estamos viendo?".
Esa "mano" -le explico- no dejó nunca de hacer público su rechazo a las corrientes liberales de pensamiento. Y le doy un ejemplo personal. Un adalid clerical, don Salvador Abascal, publicó un libro en mi contra demoliendo, según él, mis ideas y textos liberales. Pero ahora lo lamentable es que ese papel inquisitorial lo ha adoptado un sector de la prensa doctrinaria y muchos intelectuales de izquierda, que descalifican como "de derecha" o "centro derecha" al pensamiento liberal. Se trata del mismo odio. En el caso de Abascal era odio teológico. En el caso de la izquierda es odio ideológico. Gente que confunde el pensamiento con el anatema.
En un par de semanas, querido lector, la culminación de esta pequeña serie en homenaje a Cosío Villegas, nuestro gran liberal.
- Enrique Krauze

Como artículo central, la New York Magazine publica un largo perfil sobre Rupert Murdoch, el magnate de las telecomunicaciones. No es sólo atractivo por el detalle del retrato, sino por las ramificaciones que tienen los caprichos y los pleitos de una única y muy poderosa persona.
Y su archienemigo, Arthur Sulzberger Jr., dueño del New York Times, explica en este video las razones que han llevado a su periódico a proponerse cobrar por su contenido.
Artur Domoslawski fue discípulo y amigo cercano de Ryszard Kapuscinski y acaba de publicar una biografía del afamado periodista polaco. En El País, Julio Villanueva Chang entrevista al biógrafo y le pregunta, entre otras cosas, por la relación del “reportero del siglo XX” con el Servicio de Inteligencia de la Polonia comunista.
Una gran fotogalería en Foreign Policy: una muestra del trabajo de varios fotógrafos de guerra de renombre.
Si en literatura es más o menos habitual el discurso sobre la disolución del autor y la pregunta por la (falta de) importancia de una firma al calce, en música esa discusión tiene menos episodios. Uno de ellos sería el falso concierto mozartiano para violín, compuesto por un francés ya en el siglo XX. En El Malpensante cuentan esa y otras historias sobre el tema.
En n+1, una reseña de una de las trilogías que más atención mereció en los últimos años: Millenium de Steig Larsson.
En El Cultural, Justo Romero aprovecha la celebración del segundo centenario de Chopin para desarmar los tópicos más habituales en torno a la figura del compositor.
El crítico de arte del New Yorker grabó sus comentarios acerca de la Bienal Whitney y en el sitio de la revista publican el audio con fotografías de la muestra.
En Lire, comentan una monumental biografía del Nobel Knut Hamsun y trazan un oscuro perfil de este escritor fascinado por el nazismo.
En la última edición de Prospect Magazine, un muy breve ensayo sobre quiénes, a los ojos de su autor, son los verdaderos beneficiarios del movimiento feminista. Y en la misma revista pero en su sitio de internet, Jonathan Safran Foer, el escritor norteamericano, escribe sobre sus argumentos en contra de la ingesta de carne.
En adn Cultura, de La Nación, un artículo desmiente algunas ideas generalizadas sobre la casta viudez de Macedonio Fernández que, nos dice el autor, determinaron en buena medida las interpretaciones de su obra.
En Bloggingheads, un diálogo entre dos autores estadounidenses cuyos libros han sido populares, bien reseñados y cuyas adaptaciones al cine han sido igualmente exitosas.
Johan Lehrer, en las páginas del periódico The New York Times, publica un ensayo largo y detallado sobre la depresión y sus encantos.
Y para terminar, el Pew Research Center ha lanzado una pequeña encuesta para investigar qué tan a tono está uno con el espíritu de la nueva generación, los denominados Millennials.
– La redacción

Rupert Murdoch