artículo no publicado
  • Hoja de ruta: Luis Chitarroni era un joven fanático de los libros, un lector voraz que parecía ser ya un viejo sabio y erudito a sus veintipico años cuando recibió una propuesta de un editor mítico para trabajar en una editorial icónica. El editor era Enrique Pezzoni, uno de los puentes vivos entre el grupo Sur (Borges, las Ocampo, José Bianco, etc.) y la modernidad de los años ochenta argentinos; la editorial era Sudamericana, casa señera en la edición local. Así, Chitarroni, desde 1986, se fogueó en una cantera ardiente, en el centro neurálgico de una industria que estaba por transformarse drásticamente. Porque los años ochenta eran otro mundo, “un mundo distante, difícil de contar hoy”, como dice el propio Chitarroni, testigo en primera fila de la transformación de las editoriales nacionales en grandes grupos trasnacionales y de la vuelta, con el nuevo milenio y las crisis económicas en Latinoamérica y España, a un escenario de sellos pequeños, familiares, autogestionados, a los que aprendimos a nombrar como “editoriales independientes”.Con el paso del tiempo, además, Luis Chitarroni se fue erigiendo como un personaje entrañable y esquivo del gueto literario argentino. Escritor de obra esporádica, publicó un conjunto de retratos libres de escritores (Siluetas), una novela (El carapálida), unos ensayos (Mil tazas de té) y un libro singular en la tradición hermética (Peripecias del no). Después de largos años como editor de Sudamericana, dio de pronto un volantazo y dejó ese lugar para fundar una editorial, La Bestia Equilátera, que en poco tiempo hizo evidentes sus intenciones: la traducción al castellano de novelas y relatos sobre todo europeos, sobre todo del siglo pasado, sobre todo de autores poco leídos y poco difundidos en nuestro continente. Con La Bestia Equilátera publicó libros como Veneno de tarántula, de Julian Maclaren-Ross, Una familia y una fortuna, de Ivy Compton-Burnett, La soledad del lector, de David Markson o Los enamorados, de Alfred Hayes. Lo que hizo La Bestia Equilátera es lo que hacen las editoriales importantes: instalar una agenda paralela, poner en circulación una trama literaria que se había vuelto muda o invisible. Decir: acá hay otra cosa.Durante un par de horas Chitarroni tocó diversos temas en nuestra conversación: el oficio del editor, las transformaciones de la industria y lo que hay que hacer para sacar a la calle buenos libros. Afuera, una Buenos Aires detenida en un calor tremendo.  
  • Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967) ha ganado una batalla: sus perfiles y crónicas muestran que el periodismo riguroso y bien escrito no ha muerto, como parecen afirmar una y otra vez los fatalistas y los nostálgicos. “No soy comunicóloga, ensayista, socióloga, filósofa, pensadora, historiadora, opinadora, ni teoricista ambulante”, dijo poco después de ganar el premio Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano por “El rastro en los huesos”, una crónica que sigue los pasos del Equipo Argentino de Antropología Forense. Es que no le hacen falta mayores etiquetas: Leila Guerriero es periodista, así se reivindica, y sabe bien que ese oficio es un arcón inmenso donde entran todas las convicciones de nuestro tiempo. Por lo demás, siempre insiste en que lee más literatura que periodismo, ve más cine de ficción que documentales y devora más historietas que libros de investigación. Sus reportajes hilvanan, finalmente, esas destrezas: la investigación exhaustiva, la precisión del lenguaje de una escritora elegante y plenamente consciente de las formas y las ideas de una ensayista incisiva. Esa es su marca de fábrica. Si bien publica todo el tiempo, aquí y allá en revistas y diarios de todo el mundo, ha escrito cinco libros: Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico (Tusquets, 2005) –sobre una oleada de suicidios en un pueblo petrolero en los años noventa–, Frutos extraños (Aguilar, 2009) –sus crónicas reunidas de 2001 a 2008–, Plano americano (udp, 2013) –veintiún perfiles de artistas y escritores–, Una historia sencilla (Anagrama, 2013) –una crónica que cuenta la historia de Rodolfo González Alcántara, un bailarín entrañable que compite en el Festival de Malambo de Laborde– y el reciente Zona de obras (Anagrama, 2015) –que compila sus intervenciones teóricas y críticas sobre el oficio del periodista–. Esta charla se prolongó durante casi tres horas en un café de Buenos Aires un frío sábado por la tarde.
  • “En diciembre del año 2001 –ha señalado Patricio Pron– una serie de acontecimientos hizo pensar que el país que habitualmente llamamos Argentina llegaba a su fin.” Una aguda crisis económica devino crisis política y el descontento social parecía incontenible. En un ambiente de represión, inestabilidad y caos, la actividad literaria estaba condenada a estancarse. En los años posteriores, sucedió lo impensable: la literatura se revitalizó, las pequeñas editoriales ganaron presencia una vez que los grandes sellos dejaron de interesarse en autores locales y una nueva camada de escritores hizo su irrupción en el panorama. Estos autores demostraron no ser solo producto de una circunstancia específica sino parte de una de las tradiciones más ricas de la literatura de aquel país. Una tradición que, según observa Damián Tabarovsky en su introducción a este dosier, concilia lo excéntrico y lo político, lo central y lo periférico. Una que escribe contra la norma. En nueve narraciones, una de ellas de no ficción, Letras Libres ha querido reunir a algunas de las voces más sobresalientes de las letras recientes de Argentina, no para insinuar los rasgos compartidos de una generación, sino, precisamente, para dar fe de su diversidad. ~