artículo no publicado
  • Hemos invitado a cuatro escritores a que nos cuenten sobre cómo los han cambiado los libros, cuáles fueron sus influencias y su camino hacia la palabra. 
  • Con esta entrega termina la serie dedicada explorar la disparidad y la literatura. 
  • Si bien la literatura infantil ha producido obras de indudable valor, la percepción generalizada es de que se trata de un género menor. Pareciera que este desdén es el precio que ha pagado por cometer al menos tres herejías: a) tener lectores, b) despreocuparse de los críticos literarios, y c) tener en alta estima a la ilustración, cuando lo común es regodearse en la supremacía de la palabra escrita sobre la imagen. Aun cuando, según es sabido, escribir para niños no da puntos para el canon, no se trata en modo alguno de una tarea sencilla, del pasatiempo que se toma mientras se construye una obra “de verdad”. Clásicos como Roald Dahl o Gianni Rodari son inimitables, precisamente porque han sabido conciliar las complejidades de la inventiva con una prosa en apariencia espontánea. Para indagar los mecanismos detrás de la creación de libros para niños, hemos acudido a cuatro autores de probada calidad: Andrés Barba, que tras alcanzar reconocimiento como autor para el público adulto, decidió escribir también para niños; Jaime Alfonso Sandoval, que ha escrito solo para lectores jóvenes y se ha enfrentado a prejuicios y a ideas anticuadas sobre el prestigio literario; Paloma Valdivia, que se ha especializado en aliar las imágenes y las palabras en hermosos álbumes ilustrados, y María Baranda, que ha demostrado, en toda su obra, que la hondura de la poesía no reconoce edades. Estos cuatro autores responden: ¿qué significa escribir un libro para niños?