artículo no publicado
  • Lawrence Wright (Oklahoma, 1947) es uno de los periodistas más reconocidos de Estados Unidos. Staff writer de The New Yorker, sus artículos y crónicas sobre el mundo islámico, los servicios de inteligencia en Estados Unidos o la cienciología funcionan como telescopios que nos acercan a mundos en eclosión. Experto en el polvorín de Medio Oriente –de joven enseñó inglés en la Universidad Americana de El Cairo–, Wright es autor de La torre elevada: Al-Qaeda y los orígenes del 11-s, que obtuvo el Pulitzer en 2007. Con la gracia de un narrador hábil, Wright explica las fuerzas que condujeron a la hecatombe del 11 de septiembre. Una serie de televisión que dramatiza el contenido del libro saldrá pronto a la luz.
    Wright es un personaje del Renacimiento: ha escrito reportajes, pero también guiones para películas, obras de teatro y una novela. Lo conocí en el bar Skylark Lounge, donde, detrás de un teclado, acompañaba a su banda de blues. Su audiencia los festejaba bailando en una escena que habría envidiado más de un rodeo. A la mañana siguiente me encontré con Wright en su casa de Austin, Texas. Ahí hablamos de los retos y amenazas del periodismo, de Medio Oriente y de su prolífica obra.
  • En el verano de 1989 Francis Fukuyama (Chicago, 1952) publicó “¿El fin de la historia?”, un ensayo en el que argumentaba que la democracia liberal era el punto final de la evolución ideológica de la humanidad. En 1992 el ensayo se expandió en el libro El fin de la historia y el último hombre (Planeta), que se convirtió en una de las obras más citadas y comentadas del siglo XX. Diez años después Fukuyama publicó El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica (Ediciones B), un libro en el que advierte de los peligros de entrar en un estado “poshumano” de la historia. Este año aparecieron en español los dos tomos de su fascinante relato del origen y desarrollo de las instituciones políticas. En Los orígenes del orden político. Desde la prehistoria hasta la Revolución francesa y Orden y decadencia de la política. Desde la Revolución Industrial hasta la globalización de la democracia (Ediciones Deusto), Fukuyama echa mano de distintos recursos –de la biología evolutiva a la economía– para explicar las raíces del orden político de la civilización. Para conocer con más profundidad a su autor viajé a San Francisco, donde un tren matutino me llevó a Palo Alto. En un diminuto cubículo de la Universidad de Stanford, Fukuyama respondió mis preguntas con la pericia del orador que ha llenado auditorios en el mundo.
  • Camille Paglia (Endicott, Nueva York, 1947) es una de las críticas culturales más brillantes de Estados Unidos. Controversial y mordaz, Paglia se ha descrito a sí misma como una “notoria feminista amazónica”. Desde hace treinta años es profesora de humanidades y estudios mediáticos en la Universidad de las Artes en Filadelfia y sus libros la han posicionado como una intelectual pública que, como Groucho Marx, es reticente de pertenecer a un club que la tiene como miembro. Paglia ha cuestionado los cimientos de los grupos de los que forma parte: con su obra ha subvertido el feminismo desde el feminismo y a la academia desde la academia. Su formidable tesis de doctorado –bajo la égida de Harold Bloom en 1970–, una revisión del arte y la decadencia “desde Nefertiti a Emily Dickinson”, fue rechazada por distintas editoriales hasta que se publicó casi veinte años después con el título Sexual personae (Valdemar, 2006). El éxito de este ensayo la convirtió en una figura de la cultura popular a la que los presentadores de televisión introducían como a feminist provocateur.Su libro más reciente, Glittering images. A journey through art from Egypt to ‘Star wars’ (Vintage, 2012), una exhaustiva interpretación de obras de arte occidentales a través de la historia, no está exento de polémica: compara a George Lucas con Andy Warhol. En esta conversación, Paglia habló de la educación visual en el siglo XXI, la espiritualidad en el arte, el papel de la academia y repasó algunas de las ideas más controversiales de su carrera: las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, la negación de la homosexualidad innata, su postura crítica ante Susan Sontag y Martha Nussbaum e, incluso, la negación de que la acción humana ha incidido en el cambio climático. Con Camille Paglia podemos estar de acuerdo en estar en desacuerdo, pero sus posturas abren un espacio, siempre indispensable, para el debate. Las palabras de Paglia son un torrente de silogismos inesperados: la lógica al servicio de la provocación. En una sala de juntas de la Universidad de las Artes, Camille Paglia me lanzó sus dardos verbales.
  • Mientras me interno en el edificio que alberga las oficinas de la legendaria revista The Paris Review, las galerías de arte que pueblan el barrio de Chelsea parecen homenajes a Edward Hopper: luces rutilantes de la soledad urbana. Lorin Stein, el tercer director de la revista, es heredero de una prosapia que incluye a George Plimpton y Philip Gourevitch. Ex editor literario de Farrar, Straus and Giroux, Stein parece diseñado para dirigir una revista que cumple 62 años y conserva su vigencia: es un ávido lector preocupado por dar a conocer el talento literario –sin importar en dónde se encuentre– y también un ubicuo animador de tertulias. Stein me recibió en su oficina, cuyas paredes guardan buena parte de la historia literaria de los últimos años. Nuestra conversación nos llevó a un periplo fascinante por la historia de la revista y de la cultura contemporánea.
  • Robert Boyers pertenece a la estirpe de los grandes editores y agitadores de la cultura. Los autores, pensadores y filósofos que han escrito en su revista, Salmagundi, conforman uno de los catálogos intelectuales más relevantes de las publicaciones actuales. Desde hace tiempo Boyers organiza seminarios y talleres de escritura que se han convertido en un espacio privilegiado de creación artística y discusión cultural. En la primavera de este año asistí al seminario sobre la novela política que impartió en la New School for Social Research. Hace unas semanas lo visité en su hábitat natural: el campus de Skidmore College en Saratoga Springs, una pintoresca localidad al norte de la ciudad de Nueva York. El resultado es esta entrevista donde Boyers habla de algunos de los escritores que han saltado a las peligrosas aguas de la pasión política.
  • Tras escuchar las disquisiciones del profesor Irving Howe en uno de los salones de la Universidad de Brandeis, un joven llamado Michael Walzer le reveló a sus padres que al fin había descubierto no tanto su vocación, como su destino: sería un intelectual. Dedicaría su vida a pensar cómo cambiar el mundo, no solo desde las aulas, sino desde la vida misma. La combinación de causas y efectos determinaron que cumpliera su propósito. Michael Walzer es, desde hace tiempo, un reconocido intelectual neoyorquino y un celebrado filósofo político. Por lo primero, es un hombre comprometido con la causa de la izquierda liberal en Estados Unidos. Por lo segundo, es un pensador de alto calibre cuya obra nos muestra que la justicia y la libertad no son necesariamente colegas enemigos. El horizonte intelectual de Walzer echa sus raíces en esa saga de la rebelión juvenil que llamamos los sesenta. Walzer miró a los jóvenes eléctricos que tomaron por asalto los campus universitarios –people in motion– desde el mirador privilegiado de un joven profesor universitario. Sabedor de que toda utopía termina en Etiopía, el pensamiento de Walzer siempre ha tenido una dosis de temperancia realista que nunca se ha rebajado a abandonar el idealismo. Borges notó que Oscar Wilde siempre parecía tener razón, de igual manera las prescripciones de Walzer tienden a convocar en su lector el asentimiento. Tras pasar varios años en las universidades de Princeton y Harvard, Walzer es hoy profesor emérito del prestigioso Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. Mi encuentro con él ocurrió en su oficina de Greenwich Village, una mañana que dilataba las calles neoyorquinas. Ahí nos demoró una vasta polémica sobre la justicia durante la guerra y la paz: dos temas tolstoianos que conforman la condición humana.
  • La emblemática revista de izquierda cumple un año más, tan necesaria y tan actual como al inicio. 
  • La vida de Michael Ignatieff puede considerarse una metáfora del entrecruzamiento de las culturas del mundo. Como lo dice en El álbum ruso (Siglo XXI, 2008), su abuelo paterno, Paul Ignatieff, fue el ministro de Educación en el último gabinete del zar Nicolás II. A su vez, el abuelo de Paul, Nicholas, fue un prominente diplomático ruso, quien, entre otras cosas, negoció la frontera que divide Rusia de China en la región del Pacífico. El arribo de los bolcheviques al poder obligó a la familia aristocrática a emigrar, primero a Francia, y luego a Canadá. El padre de Michael Ignatieff fue un distinguido diplomático canadiense con muchos sellos en el pasaporte. La infancia de Ignatieff tiene capítulos con los nombres de varias ciudades del mundo: un anuncio del pensador trotamundos en que se convertiría.